La Mano del Mendigo
Por Arturo Uslar Pietri

    Caracas, (ALA). - Cada vez que, en una ciudad de la América Latina, un mendigo me tiende la mano implorante experimento un inevitable sentimiento de culpa. Las más de las veces es una mujer en harapos o un niño sin infancia. Cuando tiendo la pequeña ayuda en vil moneda, pienso inevitablemente que me está pidiendo mucho más. Muchísimo más. Me está planteando no sólo un problema de conciencia sino de civilización, de educación, de historia y de fracaso social. Ese pobre niño no me pide una moneda, sino que me pide cuentas. ¿Qué hemos hecho los adultos, que contamos con una situación heredada o una remuneración por nuestro trabajo que nos permite vivir decentemente, para que ese doloroso caso deje de existir?

    La mendicidad es una vieja maldición social de los pueblos mediterráneos. En las poblaciones de las costas del histórico mar y en los países ribereños existe la mendicidad, no como caso extremo y transitorio de necesidad, sino casi como una manera de vivir o de mal vivir. Se es mendigo, generalmente, de por vida, porque no se puede ni se sabe hacer otra cosa. No la pueden hacer porque no la saben hacer y nunca se ha puesto empeño efectivo en enseñarlos a hacerla.

    El mundo hispánico es un deplorable ejemplo de ese cruel mal. En las ciudades hispánicas, a ambos lados del Atlántico, la mendicidad forma parte ineludible e importante del fenómeno urbano.

    Forman casi una categoría social, en los que la situación se transmite de padres a hijos hasta constituir, casi, una clase social. Basta hojear superficialmente la literatura picaresca española y las novelas de los realistas del siglo XIX para verla aparecer en toda su espantosa presencia. El retrato va desde Monipodio hasta Valle Inclán, para citar dos puntos extremos y singulares. Mendicidad y picardía van juntas. Lazarillo pasa insensiblemente de mendigo a pícaro después de haber hecho aprendizaje bajo la tutela de aquel horrible ciego, maestro de mendicidad.

    ¿Qué sabía hacer Lazarillo? En el sentido de trabajo y producción que tiene la pregunta, habría que responder que nada. Sin embargo, no era torpe ni perezoso. Era despierto de mente y no cesaba un minuto de luchar por sobrevivir. Sólo que no le habían enseñado a hacer cosa útil que le permitiera incorporarse a la sociedad. Lazarillo pudo ser un excelente artesano, un buen estudiante, un aprendiz aventajado para cualquier oficio productivo, pero nada de esto le habían enseñado y no contaba con otra cosa que con su ingenio natural y su viveza para no perecer de miseria.

    No hay, tampoco, que olvidar que Lazarillo era el hijo y el representante pintoresco de una civilización que menospreciaba el trabajo. Hijo de una sociedad que vivía bajo la fascinación de una arquetipo señorial, de una aspiración a la condición de hidalgo, que veía el trabajo como una degradación. Trabajar descalificaba socialmente y era incompatible con la quisquillosa honra de los hombres de aquel tiempo. Fuera de la Corte, la iglesia y las armas, todo lo demás era ocupación de villanos.

    Esta mentalidad tuvo una influencia decisiva en el desarrollo económico de las naciones hispánicas. Mientras, los países del Norte de Europa y sus posesiones ultramarinas, por la enseñanza calvinista y puritana, honraban el trabajo y lo convertían en la virtud cardinal del ser humano.

    La diferencia es patente en las posesiones españolas de América comparadas con las de Inglaterra en el Norte. Las colonias inglesas del Nuevo Mundo se poblaron con agricultores y artesanos venidos de la metrópoli, con una aspiración a labrarse con su trabajo una situación digna o independiente. Fueron los granjeros, que trabajaban con sus mujeres y sus hijos y, más tarde, los "pioneros" que poblaron las zonas salvajes, los que pusieron la semilla de la prosperidad de los futuros Estados Unidos. En las provincias hispanoamericanas se trató de reproducir, en todo lo posible, la estructura señorial de la España del siglo XVI. Los conquistadores no venían a trabajar sino a combatir y señorear. Ninguno de ellos fundó una granja para cultivarla con su familia. Recibieron vastas mercedes de tierras en las que hicieron trabajar para ellos a los indios y los africanos. El trabajo se asoció con la esclavitud, en el hecho y en la mentalidad.

    La revolución de la Independencia no logró cambiar ni esa mentalidad ni esa estructura social. Aprendía a trabajar con sus manos el hijo del esclavo, o el liberto mestizo que llegaba a ejercer algún oficio en las ciudades. Se los miraba con descén y menosprecio.

    Hubo hombres excepcionales que se dieron cuenta de esta grave contradicción y trataron de resolverla inteligentemente. Acaso el más notable y original de todos ellos fue el venezolano Simón Rodríguez (1769-1854), quien fue maestro y guía de Bolívar en sus años formativos. Cuando Rodríguez regresó a América, en 1823, comenzó una larga lucha infructuosa para reformar la educación y camb iar la enseñanza tradicional. Ni siquiera el apoyo de Bolívar le permitió realizarla en la escala necesaria. Pretendía instituir una escuela que enseñara simultáneamente, a hombres y mujeres, a trabajar con sus manos y a aprender a vivir en república. "El que nada sabe, decía, cualquiera lo engaña, el que nada tiene, cualquiera lo compra". Quería educar para el trabajo y para lo que él llamaba "aspiración fundada a la propiedad".

    No se oyó a Rodríguez. Cada vez que veo un niño mendigo pienso en él, en su olvidado propósito de educar para la vida y el trabajo.

    La mano del mendigo nos acusa, nos recuerda todo lo que no hemos sabido hacer para evitar ese mal, no con dádivas paternalistas y demagogia infecunda, sino enseñando a trabajar y a incorporarse útilmente a la sociedad.

    Los chinos tienen un proverbio que sería útil recordar a quienes tienen en nuestras tierras responsabilidad de gobierno: "Si le das un pescado a un hombre le quitas el hambre por un día, si lo enseñas a pescar le quitas el hambre por toda la vida".


Email To: Lillian Simmons, Webmaster

Return To: A Site For a Free Cuba

Lillian Martinez, WebMaster


USA

Copyright ©, 1999, Arturo Uslar Pietri All Rights Reserved
Created -- 11/26/1999
Revised -- 11/18/2005